lunes, 23 de abril de 2012

Vuela, volando que vuela

Un día me di cuenta que podría escribir un libro titulado Cosas que sólo me pasan a mí, constantemente. Sí, tengo una colección de anécdotas estúpidas, con un tono entre lo bochornoso y lo simpático que a ojos externos deben ser un descojone constante. Sin duda, estar cerca de mí es divertido, nunca te puedes aburrir. 

Un ejemplo es lo que me pasó recientemente, podríamos titularlo La boda de mi mejor amiga.
Las bodas son espectáculos sociales en los cuales lo único importante si te paras a pensar es la novia. Un hermoso vestido, un perfecto maquillaje, peinado. Todo gira en torno a ella. ¿Alguien se fija en el color de la corbata del novio? ¿O en el color de la camisa? Por supuesto que no. Es un día emocionante para las familias, los amigos, conocidos etc. En fin, yo me guardaré ahora mismo mi opinión personal sobre el matrimonio, porque para qué. 

A mí, sinceramente, lo único que me interesa de una boda, si yo me casase algún día quiero decir, sería el vestido. Vestirme de princesita disney pero de blanco. Porque eso tiene que llenar el lado egocéntrico que tiene todo hijo de vecino. Lo demás... bueno sí, la despedida de soltera con tus amigas, eso sí que mola, pero que a mí me la podéis organizar ya aunque no me case nunca...¿o es que no me lo merezco?

 Bueno, tal y como iba contando, era la boda de mi mejor amiga (la boda en la que mejor me lo he pasado de las últimas que he ido, pero supongo que será por la cercanía de la persona casamentera). Estuvo guay ver cómo se arreglaba, se ponía el traje, llegaba a la iglesia, la ceremonia y ese largo etcétera. Yo monísima de la muerte, bueno en verdad no tanto, porque como tenía el pie fastidiado no podía llevar tacones, así que era un tapón con pamela, básicamente. Pero bueno, cosas que pasan, una que se tropieza de la forma más estúpida.  

Salimos a la puerta de la iglesia para tirar el arroz a los novios, pero yo me retiré a una esquina no me fuesen a pisar. A estas, que Dios enfadado conmigo, no sé porqué motivo, (creo que con el tobillo ya era suficiente) hizo que se levantara viento, que se cirniera sobre mí, fuerte, rápido y se centrase en volar mi pamela. (Mira que lo pensé veces, me compro la pamela esta o no, mira que tú eres un poco desastre para estar cosas, piénsatelo, venga, y nada, pamela al canto). 

Tuve un aviso, las cosas como son, noté que se elevaba sobre mi cabeza y estuve rápida atrapándola al vuelo. Pero ese fue el primero, Dios dijo, venga más fuerte señor viento, con eso no hacemos nada, y de repente la ventolera fue mucho más fuerte. Pero esta vez, se lo tomó a pecho, mi vestido con un poquito de vuelo comenzó a levantarse, al mismo tiempo, mi amiga me lo intentaba sujetar, yo también, la pamela volaba de nuevo, la gente miraba, la gente reía, y yo roja como un tomate. La pamela, la pamela, era lo que se escuchaba en la cuesta de la iglesia. Yo abochornada, mis amigas descojonadas, y la pamela se fue posando como una mariposa dando saltitos, y se iba, se iba, era difícil cogerla hasta que se despeñó por el cercado de debajo de la iglesia, adiós, adiós pamela.

En fin, cosas que pasan, le podía haber pasado a cualquiera me decía la gente para consolarme. ¡Y un carajo! Le podía haber pasado a cualquiera pero siempre me pasan a mí.  Ya la gente comenzó a pasar, todo el mundo se reía de mí seguro, está claro. Porque la situación era para eso, yo también lo hice. Una exalumna más buena que el pan, que andaba por aquellos lares observando a los invitados, bajó al cercado y me rescató la pamela. Por suerte, no estaba demasiado fastidiada. Aunque traía de regalo una hormiga. 
El resto del día muy bien, pero traumatizada ya de por vida....bueno, en realidad  no es para tanto, sólo  fue una anécdota más. Hay que reirse de uno mismo, total, que vida más triste si uno no ríe ¿verdad?.
Y aprovecho para desearles a los novios un Feliz Matrimonio, lleno de risas, porque las sonrisas sin duda hacen la felicidad.  Así que ya sabéis, reiros, sonreid, que ser feliz es lo más importante.




miércoles, 4 de abril de 2012

Las Chapas en Santa Olalla: entre la devoción y el azar


Existe un lugar donde la Semana Santa no sólo supone la salida de los pasos y las cofradías de nazarenos. En el municipio serrano de Santa Olalla del Cala, esta semana tiene también olor a juegos de azar. Paradójicamente, existe una tradición que roza el pecado entre tanto ambiente de santidad y de culto: “el juego de las chapas”.
Las chapas, es un viejo juego de azar que la tradición ha mantenido a lo largo de los siglos en esta pequeña localidad onubense. Tiene un desarrollo bastante sencillo, y consiste en cruzar apuestas libres entre los componentes de un corro de jugadores llamados “puntos”, contra otro jugador, “la banca” que es el encargado de casarlas. Hechas las apuestas, y situados todos alrededor del corro, el banquero lanza al aire dos monedas de cobre antiguas(con la cara reluciente, y la cruz oscura para distinguir ambos lados), que al caer al suelo en el centro del corro, desvelará cuál fue la fortuna de todos los jugadores ante sus atentas miradas. Si una vez en el suelo, ambas monedas muestran sus caras, ganará la banca todas las apuestas, si por el contrario son cruces, los puntos habrán ganado una cantidad igual a la que habían apostado, y esa cantidad será pagada por la banca a cada uno de los jugadores. La banca al salir las cruces deberá ceder su puesto a un nuevo banquero. Si se diese el caso de que cada una de las monedas muestra un lado distinto ( una cara y otra cruz), la apuesta se consideraría nula, y se efectuaría un nuevo lanzamiento de monedas. Decepción, alegría, expectación…una serie de sentimientos que se entrelazan alrededor del círculo.

Las apuestas en este juego son dinerarias, pero como nos comentaba un veterano jugador de chapas, “cuenta la leyenda, que jugadores cegados por el dinero, llegaron a apostar su casa, su coche, e incluso su mujer, ¡como si ella fuera una propiedad transferible!”. Pero claro, la leyenda dista mucho de la realidad, y en los pueblos se tiende a exagerar un hecho y convertirlo en leyenda. Lo que sí es cierto, que basta acercarse a los numerosos puntos de encuentros que suelen ser los bares de la localidad, para ver fajos de billetes en el interior del corro “es la emoción de apostar 100 euros por ejemplo y salir con 300”, comentaba un chico de 25 años que acababa de ganar, pero claro está, también se da el caso de personas que han perdido grandes cantidades “otra vez será, yo llevo esperando todo el año para poder apostar, así que no me importa haber perdido” decía afligido un jugador habitual.

Del origen del juego de las chapas existen varias hipótesis: unos dicen que es un juego derivado de los juegos de apuestas que tanto amaban los soldados de las milicias medievales, para otros se tiene constancia de la existencia de juegos similares en el norte de España, derivados de costumbres celtas e íberas , los norteños, al venir a repoblar la zona de la sierra onubense, trajeron su juego con ellos ; para el sector eclesiástico el juego de las chapas tiene un claro significante religioso. Para los más religiosos, el juego de las chapas representa el pago de las 30 monedas por las que Judas vendió a Jesucristo a los Fariseos.


El juego está limitado temporalmente a la Semana Santa, lo que hace que haya una extraña mezcla en el ambiente general del pueblo: mientras unos toman la sangre de cristo en forma de vino, y toman el pan en representación de su cuerpo en la Iglesia, otros toman cervezas y sus correspondientes tapas mientras juegan a las chapas en su particular templo, el bar.
Ambos grupos, religiosos y aficionados a las chapas, comparten las mismas dudas e ilusiones, ambos llevan la esperanza y el temor a cuestas mientras rezan por salvar sus almas, los unos , y otros rezan por que la Diosa fortuna les acompañe y puedan conseguir aumentar su bolsa. Es la gloria o el infierno, frente a la cara o la cruz de la moneda. La tradición pasa de mayores a jóvenes, y las noches de semana santa, en la calle de la botellota, tal y como se conoce en el municipio, los corros de las chapas forman parte de la diversión de las generaciones más jóvenes “yo sólo he apostado un par de euros, y los he triplicado, supongo que es la emoción” explicaba una chica de unos 19 años en el botellón. Si algo es cierto, es el fervor y el seguimiento masivo que tiene este juego.

Sea como sea, el juego de las chapas se ha convertido en unos de los signos de identidad de este pueblo, que el juego haya sobrevivido tras cientos de ordenanzas municipales que lo prohibían, quiere decir algo ¿no?. Pero es que además de seña de identidad de los santaolalleros, el juego de las chapas atrae el turismo, y juega las veces de diversión popular y tradicional, y de fuerte publicidad positiva para el pueblo. De hecho , hay gente que viene expresamente en Semana Santa a jugar a las chapas, y eso genera una gran inyección económica, y eso sin duda es progreso para el pueblo. 


Mañanas, mediodías, tardes y noches de semana santa alrededor del corro de las chapas, así es Santa Olalla. Todos apurarán hasta el último día en el que se puede jugar y apostar, y muchos esperarán hasta el año próximo con devoción para poder continuar con esta tradición que se perpetuará de generación en generación y alimentará el peso de la leyenda.

Este reportaje lo escribí con mi hermano Manuel José Rodríguez Macarro. Con su permiso, lo pongo en mi blog.





sábado, 17 de marzo de 2012

Volver ( Este texto es para el libro de la Romería 2012 de Santa Eulalia)


Nuestra tierra tiene algo que te impregna el alma. Un sentimiento que tenemos arraigado del que es imposible desprenderse. Es una mezcla de olor a romero y jara, de dulzura y simpatía, de caricias y amores juveniles, todo ello envuelto en un halo de misterio y esperanza sobre el que está Santa Eulalia.

Y esa fuerza que nos atrae, que hace que las personas que a veces estamos fuera por motivos de trabajo o de estudios no podamos vivir sin ella, se hace mucho más fuerte cuando llega el mes de Mayo.
No puedo imaginar una Semana Santa que culmine sin la gira, con la ribera llena de flores, con días soleados en los que todos compartimos las alegrías, la familia y los amigos se reúnen en torno a la mesa a reírse, a quererse, a disfrutar alrededor de la ermita donde está nuestra Santa. Pocos días salieron lluviosos de los que yo recuerdo, pero eso no cambió nada, la lluvia festejaba del mismo modo la entrada de Santa Eulalia en Santa Olalla.

Y la novena en su honor es también parte de todos, ¿quién no ha reservado tiempo para ella en su semana? Porque ella se lo merece, porque nuestra Santa en esos días jamás está sola, aunque jamás lo está. No pasa un día en el que los santaolalleros no la tengan en mente. En las alegrías, cuando nos echa una mano, cada vez que nos aporta esperanza...¡cuántas veces habré dicho gracias Santa Eulalia! Y también en los malos momentos, en los que nos aporta luz en el camino oscuro.

El pregón, la misa flamenca, la procesión por las calles. Ese día el pueblo entero se adorna para que esté a la altura de la belleza de la santa, los vecinos pasan horas ultimando detalles para que todo esté espléndido a su paso. Igual que ocurre el viernes de ofrenda, mágico día en el que todas las niñas, muchachas y mujeres del pueblo portan con gracia y belleza sus mejores galas flamencas. Un momento en el que el aire se impregna de ese aroma de flores que se clava en los sentidos, todo para ella, en su honor, para Santa Eulalia.

Y como no, la romería. Día en el que las carrozas, los carros, caballistas, romeros a pie, todos siguen a la Virgen. Sólamente recuerdo una romería en la que no pude estar, debido a las oposiciones, y aún recuerdo como por teléfono escuché con lágrimas en los ojos ese momento tan emotivo del Ángelus. Yo quería estar allí, no quería estar lejos. Pero sin duda, mi corazón y mi alma no estaban en aquella biblioteca, estaban con Santa Eulalia.
Por eso, me gustaría dar ánimos a todas aquellas personas que por motivos ajenos a su voluntad no pueden estar con nosotros el día de la romería, o cualquier otro día en el que lo deseasen durante estas fiestas. Porque el sentimiento de tener el corazón rasgado al no poder estar en tu pueblo, con tu gente, y con la Santa, es muy duro y todo el que lo ha sentido alguna vez sabe a lo que me estoy refiriendo. Por eso decía al principio, que esa magia que nos une a nuestra fiestas en honor a Santa Eulalia es algo maravilloso que nunca debemos perder. Es un sentimiento fuerte que nos hace sentirnos unidos y jamás deberíamos renunciar a él. Y siempre, siempre hay que volver, a Santa Olalla y con Santa Eulalia. ¡Viva Santa Eulalia!



lunes, 6 de febrero de 2012

Un poemita

Bueno como llevo un tiempo sin escribir...cuelgo un poema que me acabo de encontrar que escribí hace ya un tiempo.

Mis ojos se detienen en los tuyos,
la calidez del sol roza tímidamente
mi cabello,
una sonrisa, dos, tres...
el tiempo se detiene.


Oímos el alegre trinar de los pájaros del parque,
las risas, los llantos, los jugueteos de los niños...
el tiempo sigue avanzando.


Pero nuestras almas se enlazan,
nuestros corazones se saludan y
nuevamente se conocen.


Mis labios abrazan levemente
el dulce sabor de un helado,
juguetones desean el frescor de la inocencia...
una vez más.


Y reímos, el instante sí es perfecto,
tú sonríes porque estamos de espaldas
al gran lago...pero te equivocas,
sí es perfecto. El pasado a las espaldas,
el presente entre las manos,
las sonrisas, el dulzor profundo
de las mariposas que recorren el estómago.


Me siento viva,
viva desde el alma, y el corazón,
confuso nuevamente da paso a las palabras,
y de nuevo mi pluma se mueve disparada,
acompasada con el alma,
nuevamente liberada.
Gracias por volver,
mi musa estaba capturada.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

Días de domingo

El sol rozaba con su calidez habitual de los días de otoño mi rostro. Mirando las formitas de las nubes, sentándome por encima de las piedras, llenándome enterita de musgo y arrastrándome para bajar hasta el suelo de la piedra más alta del campo. Así eran los domingos, todos los días de domingo, un día para pasarlo en familia. Allí hacíamos los deberes para el día siguiente, allí comíamos y jugábamos a todos los juegos que nuestra imaginación podía imaginar. Era así, así pasé casi todos los días de fiesta de mi infancia. 

Antes, nosotros éramos los niños. Llegábamos al campo, sobre las once más o menos, la primera mitad de la mañana la empeñábamos en jugar a la pelota o el esconder, hacer excursiones por el campo o incluso inventarnos que éramos personajes de películas. Siempre fuimos niños muy imaginativos, siempre recordaré la expedición al barranco. Supuestamente (creo que la idea vino porque en el colegio habíamos estado estudiando a los romanos) la zona correspondía con la antigua ocupación, por lo que ni cortos ni perezosos, allí íbamos los cuatro a buscar vasijas, monedas o cualquier otro objeto de valor que nos llamase la atención. Siempre recordaré mi ilusión al encontrar una especie de florero. Tenía dibujados unos objetos que mi cerebro asoció rápidamente a lo estudiado. ¡Bien, bien! Estábamos tan contentos... fíjense cómo sería la cosa que la llevamos al cole al día siguiente.
Mi tío tenía un coche viejo abandonado que nos servía de vehículo en nuestros juegos. Aquello de que tuviese el volante y los pedales daba muchísima emoción a cualquier tipo de fantasía. ¡A lo de sitios que fuimos montados en él y sin salir de la cancilla!. También recuerdo los juegos eternos a la pelota y lo rentable que era jugar al esconder en un campo tan grande. ¿Y que me decís de hacer de perritos? Nunca olvidaremos a mi padre el no cazador, porque más que cazar lo que hacía era pasear la escopeta, y nos llevaba a los cuatro niños detrás, y una vez salió una liebre y fuimos nosotros los que íbamos tras ella, y como no, se le escapó.
Nos encantaba también bajar a la noria, donde el abuelo sembraba sus cosillas y asomarnos al pozo que tanto miedo nos daba. Aún recuerdo el ruido de los coches pasando por la carretera, hoy por hoy, lo único que se escucha es el sonido eterno del campo.
Echaremos siempre de menos a León, Ulises, Linda, Zara, Botón, Gordito... esos perrillos que tanta  compañía nos hacían y eran compañeros de aventuras. Y como no, y se me esboza una gran sonrisa en la cara cuando recuerdo a Copito de Nieve, aquella ovejita que mi abuelo crió y que mi prima le daba el biberón. Siempre recordaré el día que se quedó atascada en la puerta de lo que ahora es una casita estupenda y por aquellos entonces era un pajar. Metió la cabeza por la gatera y no había manera de sacarla, y como no tuvimos que llamar a nuestro abuelo siempre salvador, que no recuerdo muy bien como la sacó de allí.

Se me viene a la cabeza otro recuerdo que venía justo después de la comilona: lavarse el pelo con agua lloveriza. Las tres niñas, muy rubias por aquel entonces, tenían que lavarse el pelo con el agua que caía del cielo porque así estaría mucho más brillante y saludable. Era sin duda, todo un ritual. Por las tardes, antes de caer el sol, concluíamos nuestras meditaciones y charlas en la piedra más grande del campo, desde allí se veía el más allá, el horizonte, el futuro. ¡Cuántas horas nos habremos tirado subidas allí arriba! El otro día cuando subí, ya no subieron las niñas, subieron mujeres con un nuevo miembro de la familia. Creo que era la primera vez que ella subía a la enorme piedra. Ella seguirá haciéndolo. Tiene que ser la tradición.
Intento buscar otro de nuestros lugares secretos en mi mente: el sillón de la reina. Una piedra con forma de silla en la que cuenta la leyenda que la reina viniendo de camino hizo un descanso y quedó absolutamente maravillada por la belleza de la sierra y el aire puro. Horas y horas poniéndonos coronas de hojas secas.

 Todos estos recuerdos me trajeron el domingo una absoluta felicidad. Me sentí y me siento llena. Completamente dichosa de haber tenido la suerte de vivir todos esos instantes, porque sin duda, mis primas y nosotros fuimos niños muy felices, con una familia que nos quería mucho, unida y que nos permitió disfrutar de cada domingo durante muchos años y hacernos sentir dichosos.  En aquellos momentos no nos dábamos cuenta de ello, pero ahora, pasado el tiempo,  y visto en la distancia, me hacen sentir lo afortunada que he sido durante toda mi vida por tener una familia así.  Gracias por permitirme tener la mejor infancia del mundo.








jueves, 27 de octubre de 2011

Otoño

Ayer era uno de esos días en los que me puse a echar de menos. Supongo que la caída de las hojas de los árboles  que de un día para otro han inundado la Alameda y las gotas de lluvias que han ensuciado mi coche han contribuído a ello. 
Otoño. Llegó el otoño.  Y a mi vida también: supongo que todo comenzó cuando vi esas dos canas que me salen con la raya al lado sobre las seis de la mañana. Fue un hachazo. Vieja, soy vieja. Ya no salgo de juerga, me gusta quedarme los sábados por la noche viendo películas, madrugo sin querer los fines de semana. MAYOR, MUY MAYOR. Y encima con canas que lo demuestran. Lo primero que empecé a echar de menos fueron las botellonas, no sé porqué, pero de camino al coche quedaban restos de botellas de jóvenes que se lo habían estado pasando genial durante la noche, mientras yo, honorable adulta responsable, dormitaba para poder levantar el país por la mañana. (Sí porque como profesora me encargo de que algunos muchachos puedan ser doctores el día de mañana, doctores sin faltas de ortografía y con letras legibles). 
En fin, que me puse a acordarme de aquellas botellonas que hacíamos en el campo de fútbol al menos,  12 años atrás en el tiempo. ¡Qué bien nos lo pasábamos! Y que conste, que mis amigas íntimas y yo las hacíamos con cocacola. Hasta bien llegados los veintitantos, y no estoy mintiendo, no empezamos a beber con mucha moderación algún Licor 43 primero para desembocar en el Legendario con Cola, hasta esa edad. Pero no echo de menos el alcohol ni mucho menos, (mi casera ha dejado un minibar muy generoso, quien quiera pasarse ya sabe, y lo gastamos, porque aún no lo hemos ni abierto), lo que echo de menos es esa despreocupación general por todo de esas edades, las risas con las amigas, los problemas tontos que nos inundaban, en fin, todo lo que conlleva el no ser aún adulto y que se aleja del otoño, es decir, la primavera.
Transcurrido el día, según pasaban las horas de clase, vino otra idea a mi cabeza: eché de menos los bocadillos. Hacía una guardia en el recreo y vi como los nenes comían grandes y jugosos bocadillos. Recordé como durante toda mi niñez y adolescencia yo comía bocadillos: de atún, de jamón, de mortadela con aceitunas, de los chorizos que mi tía hacía en la matanza, y mis preferidos eran los de tocino fresco con tomate. ¡Yo ya nunca como bocatas! Y antes me los comía todas las tardes como merienda y en los recreos por las mañanas. Era tan delgada...daba igual lo que comiera. Y ahora...ahora... ains, ahora ya todo es diferente. Me gustaría a mí hacer la prueba a ver que pasa si me zampo todos los recreos uno y por la tarde otro... Pues eso, ya me entienden. OTOÑO.
Y transcurrió el melancólico día, y empecé a echar de menos, de golpe y porrazo a la gente que hacía muchísimo tiempo que no veía. Me empecé a acordar de mi amiga Mari Ángeles de Inglaterra y a mi amigo Jona, de mis compañeros de la facultad que hace tiempo que no veo, de mis dos compañeras de piso del primer y segundo año con las que ya prácticamente he perdido el contacto, de un amigo del que ya no sé nada... en fin, toda esa gente que un día fueron importantes en mi vida y que poco a poco el paso del tiempo fue cubriendo de hojas secas el camino de la amistad.  
Y por último, eché de menos tener tiempo, tiempo libre fuera de las obligaciones, tiempo para quedar con gente que está cerca y con la que un día por otro, la casa queda sin barrer. Como mi amiga Jara por ejemplo, que no hay manera de cuadrar y la echo de menos. El tiempo que es tan valioso y queda tan relleno de obligaciones: preparar clases, corregir exámenes, leer cosas de la tesis, ir al gimnasio... al final no puedo hacer lo que es realmente importante. Dedicarle un tiempo a mi corazón. De hecho, ahora estoy haciendo un hueco para escribir esto. Ni siquiera consigo hacerlo para algo que amo tanto como la escritura.
En fin, el otoño es evolución y hoy, me he despertado contenta, feliz, y para celebrarlo he encontrado un rato para cortarme el pelo (seis meses hacía desde la última vez) y para comer con una buena amiga.
¡Bienvenido sea el otoño! Y mi peluquero me ha dicho que la cana no se ve, que tengo un pelo precioso y no lo vamos a fastidiar por una hojita blanca.  Sed felices :)




lunes, 10 de octubre de 2011

Sobre educación


Hago una hora de guardia. Te encuentras a primera hora, después de haberte levantado a las seis y media de la mañana. Entro en una clase, en la que ha faltado la profesora de religión, que no digo yo nada, que no tiene la culpa la buena mujer a la que yo ni siquiera conozco. Pero que por el reajuste de horas que han hecho en su asignatura, se van a cambiar todos los horarios. Es el tercer año que me cambian el horario por esta razón.En Delegación podían tomar las decisiones definitivas a principios de curso…
Pues me hallo en una clase de tercero de ESO, un grupo al que no le doy clase. Y tengo delante un personaje, es un niño que está claro que tiene algún problema especial (¿esta definición es políticamente correcta?), es decir necesidades educativas especiales. Yo he llegado y no conozco de nada a este niño. A priori le llamé la atención, pero no ha dejado de molestar, haciendo gestos, ruidos, movimientos extraños para entretener al resto de la clase. Ahora me pregunto si seguir llamándole la atención o no. Es que no sé cómo es este niño. Obviamente es primera hora, una hora de guardia, no conozco al grupo y no tengo ganas ninguna de enfadarme. Para dejar pasar el tiempo me he puesto. a escribir esto.
Pero ya que estamos me gustaría hacer una pequeña reflexión en torno a la docencia. ¿Tengo armas para enfrentarme a este tipo de situaciones? Yo con este tipo de incidentes me siento regular. Cuando tengo, como en un segundo de la ESO, una media de 27 alumnos por clase, tres con ACIS, dos que necesitan refuerzo y el resto que hay que controlar para que reine la paz y el orden, no tengo tiempo para dedicarles a estos alumnos que necesitan una atención especial. La razón es que hay 20 alumnos más, y una materia que desarrollar. Hacer todo esto en una hora y organizar la clase de modo que ellos trabajen fichas mientras explico a los demás y mientras los demás hacen actividades corregírselas a ellos, es a veces, materialmente y técnicamente imposible. Y a mí eso me genera estrés, estrés porque siento que no les dedico toda la atención que se merecen. Por ello considero que las cosas están planteadas mal. Debe haber otra forma. Si yo tuviese, pongamos 10 o 15 alumnos por clase, todo sería diferente.Podría trabajar mejor, podría atenderlos como realmente se merecen. Pero así, no se puede. 
Yo abogo por un verdadero pacto por la educación, ayer leía un artículo de Ian Gibson en el País que comentaba que ese era el problema en España, carecíamos de esas medidas de acuerdo entre todos los partidos políticos, porque la educación pública requiere esa estabilidad y todas las garantías para que sea realmente educación de calidad.
Los recortes que las comunidades autónomas gobernadas por el PP están llevando a cabo, no son más que menosprecio a ese derecho a que nos eduquen con calidad. Me da igual si suena a demagogia barata, pero si la pública deja de ser una enseñanza buena y que nos prepare a todos y todas independientemente de la clase social, mal vamos.
Mis padres han sido trabajadores, con esfuerzo han podido darme unos estudios que me han permitido: hacer la ESO y el Bachillerato gratis, estudiar una carrera a unos precios más o menos asequibles, sin becas, porque por aquellos años estaba Aznar en el gobierno(años más tarde sin ir más lejos, mi hermano tuvo buenas becas para estudiar su carrera universitaria, y¿por qué? Porque había cambiado el signo político del gobierno. Sólo me remito a los hechos). Lo que no quiero es que por culpa de gobiernos que primen la educación privada, se menosprecie a la gente trabajadora y se le prive de tener una formación digna que los sesgue y les impida llegar a lo más alto, puestos que solamente ocupen una élite que claro está, la integren los que puedan pagarse la única enseñanza de calidad que exista. Pero bueno,confío en que no lleguemos a ese punto. Los profesores hacemos bien nuestro trabajo, y pese a las dificultades encontradas, la gran mayoría lucha porque la cultura se extienda por doquier. La educación pública de calidad es un DERECHO y no se debería perder jamás lo que se ha ganado con el tiempo.