lunes, 6 de febrero de 2012

Un poemita

Bueno como llevo un tiempo sin escribir...cuelgo un poema que me acabo de encontrar que escribí hace ya un tiempo.

Mis ojos se detienen en los tuyos,
la calidez del sol roza tímidamente
mi cabello,
una sonrisa, dos, tres...
el tiempo se detiene.


Oímos el alegre trinar de los pájaros del parque,
las risas, los llantos, los jugueteos de los niños...
el tiempo sigue avanzando.


Pero nuestras almas se enlazan,
nuestros corazones se saludan y
nuevamente se conocen.


Mis labios abrazan levemente
el dulce sabor de un helado,
juguetones desean el frescor de la inocencia...
una vez más.


Y reímos, el instante sí es perfecto,
tú sonríes porque estamos de espaldas
al gran lago...pero te equivocas,
sí es perfecto. El pasado a las espaldas,
el presente entre las manos,
las sonrisas, el dulzor profundo
de las mariposas que recorren el estómago.


Me siento viva,
viva desde el alma, y el corazón,
confuso nuevamente da paso a las palabras,
y de nuevo mi pluma se mueve disparada,
acompasada con el alma,
nuevamente liberada.
Gracias por volver,
mi musa estaba capturada.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

Días de domingo

El sol rozaba con su calidez habitual de los días de otoño mi rostro. Mirando las formitas de las nubes, sentándome por encima de las piedras, llenándome enterita de musgo y arrastrándome para bajar hasta el suelo de la piedra más alta del campo. Así eran los domingos, todos los días de domingo, un día para pasarlo en familia. Allí hacíamos los deberes para el día siguiente, allí comíamos y jugábamos a todos los juegos que nuestra imaginación podía imaginar. Era así, así pasé casi todos los días de fiesta de mi infancia. 

Antes, nosotros éramos los niños. Llegábamos al campo, sobre las once más o menos, la primera mitad de la mañana la empeñábamos en jugar a la pelota o el esconder, hacer excursiones por el campo o incluso inventarnos que éramos personajes de películas. Siempre fuimos niños muy imaginativos, siempre recordaré la expedición al barranco. Supuestamente (creo que la idea vino porque en el colegio habíamos estado estudiando a los romanos) la zona correspondía con la antigua ocupación, por lo que ni cortos ni perezosos, allí íbamos los cuatro a buscar vasijas, monedas o cualquier otro objeto de valor que nos llamase la atención. Siempre recordaré mi ilusión al encontrar una especie de florero. Tenía dibujados unos objetos que mi cerebro asoció rápidamente a lo estudiado. ¡Bien, bien! Estábamos tan contentos... fíjense cómo sería la cosa que la llevamos al cole al día siguiente.
Mi tío tenía un coche viejo abandonado que nos servía de vehículo en nuestros juegos. Aquello de que tuviese el volante y los pedales daba muchísima emoción a cualquier tipo de fantasía. ¡A lo de sitios que fuimos montados en él y sin salir de la cancilla!. También recuerdo los juegos eternos a la pelota y lo rentable que era jugar al esconder en un campo tan grande. ¿Y que me decís de hacer de perritos? Nunca olvidaremos a mi padre el no cazador, porque más que cazar lo que hacía era pasear la escopeta, y nos llevaba a los cuatro niños detrás, y una vez salió una liebre y fuimos nosotros los que íbamos tras ella, y como no, se le escapó.
Nos encantaba también bajar a la noria, donde el abuelo sembraba sus cosillas y asomarnos al pozo que tanto miedo nos daba. Aún recuerdo el ruido de los coches pasando por la carretera, hoy por hoy, lo único que se escucha es el sonido eterno del campo.
Echaremos siempre de menos a León, Ulises, Linda, Zara, Botón, Gordito... esos perrillos que tanta  compañía nos hacían y eran compañeros de aventuras. Y como no, y se me esboza una gran sonrisa en la cara cuando recuerdo a Copito de Nieve, aquella ovejita que mi abuelo crió y que mi prima le daba el biberón. Siempre recordaré el día que se quedó atascada en la puerta de lo que ahora es una casita estupenda y por aquellos entonces era un pajar. Metió la cabeza por la gatera y no había manera de sacarla, y como no tuvimos que llamar a nuestro abuelo siempre salvador, que no recuerdo muy bien como la sacó de allí.

Se me viene a la cabeza otro recuerdo que venía justo después de la comilona: lavarse el pelo con agua lloveriza. Las tres niñas, muy rubias por aquel entonces, tenían que lavarse el pelo con el agua que caía del cielo porque así estaría mucho más brillante y saludable. Era sin duda, todo un ritual. Por las tardes, antes de caer el sol, concluíamos nuestras meditaciones y charlas en la piedra más grande del campo, desde allí se veía el más allá, el horizonte, el futuro. ¡Cuántas horas nos habremos tirado subidas allí arriba! El otro día cuando subí, ya no subieron las niñas, subieron mujeres con un nuevo miembro de la familia. Creo que era la primera vez que ella subía a la enorme piedra. Ella seguirá haciéndolo. Tiene que ser la tradición.
Intento buscar otro de nuestros lugares secretos en mi mente: el sillón de la reina. Una piedra con forma de silla en la que cuenta la leyenda que la reina viniendo de camino hizo un descanso y quedó absolutamente maravillada por la belleza de la sierra y el aire puro. Horas y horas poniéndonos coronas de hojas secas.

 Todos estos recuerdos me trajeron el domingo una absoluta felicidad. Me sentí y me siento llena. Completamente dichosa de haber tenido la suerte de vivir todos esos instantes, porque sin duda, mis primas y nosotros fuimos niños muy felices, con una familia que nos quería mucho, unida y que nos permitió disfrutar de cada domingo durante muchos años y hacernos sentir dichosos.  En aquellos momentos no nos dábamos cuenta de ello, pero ahora, pasado el tiempo,  y visto en la distancia, me hacen sentir lo afortunada que he sido durante toda mi vida por tener una familia así.  Gracias por permitirme tener la mejor infancia del mundo.








jueves, 27 de octubre de 2011

Otoño

Ayer era uno de esos días en los que me puse a echar de menos. Supongo que la caída de las hojas de los árboles  que de un día para otro han inundado la Alameda y las gotas de lluvias que han ensuciado mi coche han contribuído a ello. 
Otoño. Llegó el otoño.  Y a mi vida también: supongo que todo comenzó cuando vi esas dos canas que me salen con la raya al lado sobre las seis de la mañana. Fue un hachazo. Vieja, soy vieja. Ya no salgo de juerga, me gusta quedarme los sábados por la noche viendo películas, madrugo sin querer los fines de semana. MAYOR, MUY MAYOR. Y encima con canas que lo demuestran. Lo primero que empecé a echar de menos fueron las botellonas, no sé porqué, pero de camino al coche quedaban restos de botellas de jóvenes que se lo habían estado pasando genial durante la noche, mientras yo, honorable adulta responsable, dormitaba para poder levantar el país por la mañana. (Sí porque como profesora me encargo de que algunos muchachos puedan ser doctores el día de mañana, doctores sin faltas de ortografía y con letras legibles). 
En fin, que me puse a acordarme de aquellas botellonas que hacíamos en el campo de fútbol al menos,  12 años atrás en el tiempo. ¡Qué bien nos lo pasábamos! Y que conste, que mis amigas íntimas y yo las hacíamos con cocacola. Hasta bien llegados los veintitantos, y no estoy mintiendo, no empezamos a beber con mucha moderación algún Licor 43 primero para desembocar en el Legendario con Cola, hasta esa edad. Pero no echo de menos el alcohol ni mucho menos, (mi casera ha dejado un minibar muy generoso, quien quiera pasarse ya sabe, y lo gastamos, porque aún no lo hemos ni abierto), lo que echo de menos es esa despreocupación general por todo de esas edades, las risas con las amigas, los problemas tontos que nos inundaban, en fin, todo lo que conlleva el no ser aún adulto y que se aleja del otoño, es decir, la primavera.
Transcurrido el día, según pasaban las horas de clase, vino otra idea a mi cabeza: eché de menos los bocadillos. Hacía una guardia en el recreo y vi como los nenes comían grandes y jugosos bocadillos. Recordé como durante toda mi niñez y adolescencia yo comía bocadillos: de atún, de jamón, de mortadela con aceitunas, de los chorizos que mi tía hacía en la matanza, y mis preferidos eran los de tocino fresco con tomate. ¡Yo ya nunca como bocatas! Y antes me los comía todas las tardes como merienda y en los recreos por las mañanas. Era tan delgada...daba igual lo que comiera. Y ahora...ahora... ains, ahora ya todo es diferente. Me gustaría a mí hacer la prueba a ver que pasa si me zampo todos los recreos uno y por la tarde otro... Pues eso, ya me entienden. OTOÑO.
Y transcurrió el melancólico día, y empecé a echar de menos, de golpe y porrazo a la gente que hacía muchísimo tiempo que no veía. Me empecé a acordar de mi amiga Mari Ángeles de Inglaterra y a mi amigo Jona, de mis compañeros de la facultad que hace tiempo que no veo, de mis dos compañeras de piso del primer y segundo año con las que ya prácticamente he perdido el contacto, de un amigo del que ya no sé nada... en fin, toda esa gente que un día fueron importantes en mi vida y que poco a poco el paso del tiempo fue cubriendo de hojas secas el camino de la amistad.  
Y por último, eché de menos tener tiempo, tiempo libre fuera de las obligaciones, tiempo para quedar con gente que está cerca y con la que un día por otro, la casa queda sin barrer. Como mi amiga Jara por ejemplo, que no hay manera de cuadrar y la echo de menos. El tiempo que es tan valioso y queda tan relleno de obligaciones: preparar clases, corregir exámenes, leer cosas de la tesis, ir al gimnasio... al final no puedo hacer lo que es realmente importante. Dedicarle un tiempo a mi corazón. De hecho, ahora estoy haciendo un hueco para escribir esto. Ni siquiera consigo hacerlo para algo que amo tanto como la escritura.
En fin, el otoño es evolución y hoy, me he despertado contenta, feliz, y para celebrarlo he encontrado un rato para cortarme el pelo (seis meses hacía desde la última vez) y para comer con una buena amiga.
¡Bienvenido sea el otoño! Y mi peluquero me ha dicho que la cana no se ve, que tengo un pelo precioso y no lo vamos a fastidiar por una hojita blanca.  Sed felices :)




lunes, 10 de octubre de 2011

Sobre educación


Hago una hora de guardia. Te encuentras a primera hora, después de haberte levantado a las seis y media de la mañana. Entro en una clase, en la que ha faltado la profesora de religión, que no digo yo nada, que no tiene la culpa la buena mujer a la que yo ni siquiera conozco. Pero que por el reajuste de horas que han hecho en su asignatura, se van a cambiar todos los horarios. Es el tercer año que me cambian el horario por esta razón.En Delegación podían tomar las decisiones definitivas a principios de curso…
Pues me hallo en una clase de tercero de ESO, un grupo al que no le doy clase. Y tengo delante un personaje, es un niño que está claro que tiene algún problema especial (¿esta definición es políticamente correcta?), es decir necesidades educativas especiales. Yo he llegado y no conozco de nada a este niño. A priori le llamé la atención, pero no ha dejado de molestar, haciendo gestos, ruidos, movimientos extraños para entretener al resto de la clase. Ahora me pregunto si seguir llamándole la atención o no. Es que no sé cómo es este niño. Obviamente es primera hora, una hora de guardia, no conozco al grupo y no tengo ganas ninguna de enfadarme. Para dejar pasar el tiempo me he puesto. a escribir esto.
Pero ya que estamos me gustaría hacer una pequeña reflexión en torno a la docencia. ¿Tengo armas para enfrentarme a este tipo de situaciones? Yo con este tipo de incidentes me siento regular. Cuando tengo, como en un segundo de la ESO, una media de 27 alumnos por clase, tres con ACIS, dos que necesitan refuerzo y el resto que hay que controlar para que reine la paz y el orden, no tengo tiempo para dedicarles a estos alumnos que necesitan una atención especial. La razón es que hay 20 alumnos más, y una materia que desarrollar. Hacer todo esto en una hora y organizar la clase de modo que ellos trabajen fichas mientras explico a los demás y mientras los demás hacen actividades corregírselas a ellos, es a veces, materialmente y técnicamente imposible. Y a mí eso me genera estrés, estrés porque siento que no les dedico toda la atención que se merecen. Por ello considero que las cosas están planteadas mal. Debe haber otra forma. Si yo tuviese, pongamos 10 o 15 alumnos por clase, todo sería diferente.Podría trabajar mejor, podría atenderlos como realmente se merecen. Pero así, no se puede. 
Yo abogo por un verdadero pacto por la educación, ayer leía un artículo de Ian Gibson en el País que comentaba que ese era el problema en España, carecíamos de esas medidas de acuerdo entre todos los partidos políticos, porque la educación pública requiere esa estabilidad y todas las garantías para que sea realmente educación de calidad.
Los recortes que las comunidades autónomas gobernadas por el PP están llevando a cabo, no son más que menosprecio a ese derecho a que nos eduquen con calidad. Me da igual si suena a demagogia barata, pero si la pública deja de ser una enseñanza buena y que nos prepare a todos y todas independientemente de la clase social, mal vamos.
Mis padres han sido trabajadores, con esfuerzo han podido darme unos estudios que me han permitido: hacer la ESO y el Bachillerato gratis, estudiar una carrera a unos precios más o menos asequibles, sin becas, porque por aquellos años estaba Aznar en el gobierno(años más tarde sin ir más lejos, mi hermano tuvo buenas becas para estudiar su carrera universitaria, y¿por qué? Porque había cambiado el signo político del gobierno. Sólo me remito a los hechos). Lo que no quiero es que por culpa de gobiernos que primen la educación privada, se menosprecie a la gente trabajadora y se le prive de tener una formación digna que los sesgue y les impida llegar a lo más alto, puestos que solamente ocupen una élite que claro está, la integren los que puedan pagarse la única enseñanza de calidad que exista. Pero bueno,confío en que no lleguemos a ese punto. Los profesores hacemos bien nuestro trabajo, y pese a las dificultades encontradas, la gran mayoría lucha porque la cultura se extienda por doquier. La educación pública de calidad es un DERECHO y no se debería perder jamás lo que se ha ganado con el tiempo.

martes, 6 de septiembre de 2011

Primer día de cole

Septiembre, septiembre, que llega septiembre. Y los niños ya tienen sus maletas nuevas, sus lápices de colores, sus compases, las reglas, los cuadernos, carpetas de sus famosos favoritos... en mi época yo tenía forrada la carpeta con BonJon Jovi por un lado y Alejandro Sanz por el otro, y por dentro...ohhhh por dentro tenía a los Back Street Boys....(alll rigthhhhh))). Ahora no, ahora tienen a la Hanna Montana, al Mario Casas y al niño ese que cantando parece una niña, bueno y en el aspecto. Como se llama, como se llama...¡Justin Bieber! Ese, ese.
Pues yo me he sentido hoy como esos chicos en su primer día de colegio. (Políticamente correcto chicos y chicas, ostias que no, que el masculino de toda la vida engloba al femenino, no es discriminar, es economía del lenguaje).
 Pues ahí estaba yo, dando un salto de la cama en cuanto sonó el despertador. Nerviosa elegí la ropa adecuada, me vestí. Me hice unas tostadas y un café con la cafetera que me tiene prohibido tocar mi brother. (Con razón, eh, con razón, pero con la nexpresso que le voy a regalar por las molestias causadas espero que se subsane).  Me lo tomé todo viendo los Desayunos de la Uno y me fui a pintarme un poco, ponerme los zapatos y me dirigí al coche.
"Hola mi Fabia bonito, me temo que este año vamos a vernos más, no me falles eh!!!"- le dije cariñosamente, pero a modo de venganza, horas después, ya fallaba el manos libres.

Mientras conducía saliendo de Sevilla ( 20 minutos de semáforos), me imaginaba cómo sería el centro, los alumnos, los compis, el pueblo...
Poco a poco, por mi barriga subían cosquillitas, semejantes a las del primer beso. Casi ná.

 Después de los kilómetros hacia Paterna, llegué por fin al centro. Después de dar mil vueltas por él buscando el ies,  están en fiestas y todo está cortado, di con él.
"Bueno nena, llegó la hora de la verdad". Llevaba mis tacones para ponérmelos, pero decidí que no, que yo soy así, bajita, y total, aún no había alumnos, mejor lo dejaría para parecer más alta ante ellos.

Salí del coche, y me encaminé a la puerta. El corazón me latía con mucha fuerza, la rodilla me flaqueaba... (la defectuosa, no le sienta bien eso de conducir) y con mucha valentía entré en instituto. Me dirigí a la conserjería, y muy amable me recibieron con una sonrisa.  "¿Eres la nueva? ¿La de lengua?".
Por mi mente pasó por un instante esta sensación... ¿pero hasta cuando voy a ser la nueva?. La nueva. La nueva. Resonaba en mi cabeza. "Quizás prefieras seguir siendo la nueva a la vieja ¿no?". Respondió mi cerebro automáticamente. Y yo muy resuelta y agradable, todo sea dicho, respondí con otra sonrisa que sí, y ya me presentaron a compañeros del departamento y fui conociendo el centro.
Muy buena impresión en general. Ojalá siga siendo así. Así que yo, ya he superado el primer día de cole. ¡¡¡Ánimo a todos!!!! y bienvenido sea Septiembre, que para algunos seguro que es su mes de vacaciones, aunque para la mayoría... el primer día de cole.

PD: Por cierto, yo mi carpeta este año la voy a forrar con Hugo Silva por un lado y bueno... acepto sugerencias para el otro.
                                     Aprovechando que estamos en primera...mi maleta.


jueves, 28 de julio de 2011

Dudar

Creer es muchas veces dudar, decía Voltaire. Yo llevo una temporadita de duda constante. Duda por absolutamente todo. Incluso de el pijama que me voy a poner cada noche.
Llega el verano y este, en particular, aunque comenzó  con un estupendo viaje a Italia del cual escribiré algún post próximamente, se ha convertido en una cuesta arriba estúpida y decepcionante.
(Antes que nada, quiero agradecer los apoyos a algunos de mis queridos lectores, que sinceramente me ha sorprendido que los hubiera jajaja. Más de una persona me ha mandado mensajes o me ha comentado que porqué tenía tan abandonado el blog, y es cierto, estaba abandonado. Concretamente anoche me animó a escribir una antigua alumna de Alosno, que me envió un privado al tuenti diciéndome que seguía mi blog y que le gustaba. Así que le doy las gracias, porque eso me ha dado fuerzas para ponerme a escribir, es lo primero que he hecho al levantarme).
Puede que este primer post, esté vacío, carente de fuerzas, pero bueno entended que tengo que calentar la máquina un poco después de unos cuantos meses sin escribir.

Como decía al comienzo del texto, este es un verano extraño. Comenzó las primeras semanas de julio, tras venir de un viaje por Italia que me dejó con la boca abierta. Después de ver toda aquella majestuosidad, aquellas catedrales, aquel arte por cada esquina, por cada rincón de cada pequeña ciudad italiana y llegar a mi pueblo, creo que sufrí un choque extraño frente a la realidad.
El primer sentimiento surgió en la piscina. No sé qué serían los veranos antes por estos parajes sin ella, ya que es uno de los escasos entretenimientos que pueden ocupar las calurosas tardes de verano. Otra opción es tragarse todas las novelas que ponen en la tele hasta las 7 de la tarde, más los programas absurdos del corazón que le siguen. El caso es que uno de estos días, estando allí, vino a mi mente una nostalgia enorme. Me puse a mirar, y vi que yo era vieja. Sí, que ya quedaron atrás todas aquellas tardes de juegos de cartas, de risas con los amigos, ahogadillas, bocadillos a media tarde... Todo lo que ocupó gran parte de mi infancia y adolescencia. Los chicos, seguían jugando a las cartas a mi alrededor, los amores de verano seguían emergiendo como fuertes olas que chocan contra el mar, las risas, las niñas leyendo revistas juveniles... todo era igual, el tiempo se había parado pero yo ya no era uno de ellos, yo estaba al margen y aquella época de felicidad absoluta alejada de la realidad hacía mucho tiempo que quedó atrás. Así que me invadió durante unos días esa pena extraña y agónica. Ahora te toca ser la madre de esos niños, bodas, responsabilidades... ¿no es esa juventud lo más hermoso de la vida?.

Poco a poco, afortunadamente, se me fue pasando, pero ahora surgió otro miedo más que se juntó a esa nostalgia. El miedo al dolor. Sí, como lo oyen, afortunadamente ya se me ha ido pasando, y ya estoy fuera de esa estupidez de aquellos días de comienzo de verano, pero fue así. Mi tia se quemó las manos con una olla exprés y se quemó literalmente. Me tocó entrar con ella en la sala de curas, y ver cómo mi tia sufría, cómo sentía dolor mientras le quitaban los pellejitos quemados, le echaban cremas, la vendaban... fue una experiencia del todo poco recomendable. Aguanté estoicamente dándole ánimos, con una sangre fría que no era propia de mí, me sorprendí a mí misma con lo floja que he sido siempre para todo eso. No obstante, después creo que me ha pasado factura y he tenido esa sensación de miedo al dolor, de  angustia que sin darme cuenta era sólo por la tensión sufrida en aquel momento. Y de ahí he pasado directamente a la duda, a la duda de todo lo que me rodea. Porque creo en lo que hago, como bien dice Voltaire, tengo la duda como constante. Supongo que los libros que estoy leyendo sobre filosofía y la argumentación para la tesis también tienen algo que ver, pero ya hablaré de eso en otra ocasión. A ese miedo al dolor, también se ha juntado porque no decirlo, la tristeza que me está produciendo estos días ver a mis abuelos enfermos  y mayores. Me angustia, me devuelve de nuevo a esa infancia y me hace estrellarme de bruces contra la realidad: ya soy vieja, los años pasan, y todo lo que parecía estar inalterable hasta hace prácticamente nada, está evolucionando. Y ese cambio, esa evolución, como no, me dan miedo y tristeza a la vez. Y no quiere decir que ahora la vida sea peor que antes, ni mucho menos, pero es distinta y el hacerse mayor, como no asusta. ¿Cómo saber si uno ha escogido el camino correcto? ¿Es esta vida la que yo deseaba con 16 años?  Dudas y más dudas, que no se pueden resolver.


                                            PISCINA DE SANTA OLALLA

Esto es en resumen, lo que ha sido lo poco que llevo de verano. Tengo que escribir un post de todo lo anterior y porqué dejé de escribir. Pero eso mañana, creo que por hoy, ha sido suficiente. Siento si no está a la altura de vuestras expectativas en mi blog. Poco a poco.




lunes, 11 de abril de 2011

Incertidumbre

Tengo el corazón oprimido. Un líquido pesado sobresale  de él y me llega hasta la barriga, produciendo una sensación entre amarga y placentera. Vacío, dicen que se llama. Lo está produciendo la incertidumbre, el desasosiego de no controlar ciertos aspectos de mi vida que me gustaría tener bien atados. Pero es inútil, no puedo con todo. No consigo manipularme para que todo se quede en su debido sitio. Sin salirse de su lugar, dentro de su cajón, dobladito, sin amontonarse. Pero si me paro a pensar, bien es verdad que nunca he conseguido ser ordenada, y que sin darme cuenta todo se propaga de un sitio a otro sin sentido, es como si las cosas que me rodean tuviesen vida y quisieran encontrar su propio sitio.

Es lo que debe ocurrir con mis manos, con mis ojos, con mi alma. Cada uno trota hacia un lado sin saber bien hacia dónde dirigirse, aunque todos ellos tienen bien claro lo que quieren y desean. 
Pero quien manda es la cabeza, la que ordena y distribuye. A veces se cabrea, se rebota, se indigna porque no le hacen caso y pone firme al personal en un momento, de muy mala manera y con muy malas formas. Es mucho mejor así. Después del rapapolvo todo vuelve a su sitio. O a lo que creen que es su sitio, según se mire.

Pero hoy tengo todo descontrolado, los latidos se me aceleran, no consigo centrarme ni dejar de imaginar hipotéticas vidas, hipotéticos futuros, lugares... No sé dónde estaré el año que viene. Mañana me haré una pequeña idea, pero esta jodida incertidumbre me mata, me agobia, me sobrepasa. Cuando mañana entre en las novedades de la Junta, pinche en la adjudicación y ponga mi nombre estaré sin aliento. Y salga lo que salga, ya me convertiré en otra persona, en otra vida distinta a la que llevo hasta ahora. Porque todo habrá cambiado, ese destino cambiará todo, hará que todo sea diferente. El cambio es bueno, hace que evolucionemos. Pero en este instante, en este preciso momento prefiero quedarme como estoy, pero sin la sensación de ahogo permanente. Ojalá que algún día me desprenda de esta inseguridad que tanto me abruma. Supongo que es cuestión de años, y de intentarlo.

                       Así me siento, pequeña ante todos los gigantes que no puedo controlar en mi vida